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El Caribe y la ausencia renovada

Armando Reverón (1889 – 1954 Caracas, Venezuela) es considerado por la crítica internacional uno de los pintores más importantes del Caribe y uno de los más grandes representantes de la modernidad del continente americano. Ingresa en 1908 a estudiar en la Academia de Bellas Artes de Caracas. En 1911 viaja a España y se inscribe en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona y en 1912 en la Academia de San Fernando de Madrid.

Una vez de regreso a Venezuela en 1913 entra en contacto con los pintores del Círculo de Bellas Artes (1912 – 1917) y la llamada Escuela de Caracas (1920 – 1950). Artistas que rompían con la rigidez de la pintura académica bajo la influencia del impresionismo. Para muchos de estos pintores el cerro el Ávila, parte del valle de la ciudad, se convirtió en el tema protagonista y distintivo de sus propuestas estéticas.

Reverón en 1920 se establece en Macuto, ubicado en el litoral central de la costa del país, dándole la espalda a la montaña para dedicar su vida a la enceguecedora luz del Caribe. Allí construye con sus propias manos su morada, El castillete, un universo aparte donde pintaba sin parar, hacía sus muñecas que fungirían de modelos y realizaba sus “excentricidades” para sus visitantes: artistas, gente de la cultura y representantes de la clase alta, que anticiparon los happenings por más de 20 años.

Aun cuando se han establecido distintos periodos en la obra de nuestro artista basados en el cromatismo de sus telas: el periodo azul (1919 – 1924), el blanco (1925 – 1937), el sepia (1937 – 1949) y, finalmente, un periodo de tizas y carboncillo. Reverón siempre será un enigma que supera las clasificaciones, las comparaciones e inclusive los estudios sistemáticos. La suya fue una incansable lucha con la epidermis del trópico y la osamenta barroca, que heredó de Europa.

La verdadera información poética que su obra representa para la historia va más allá de un estilo, una técnica o de una manera extravagante y singular de crear. Se trata de una ausencia, la que desnuda sus telas y desdibuja sus trabajos, esa que precisamente como espectadores tratamos de completar. Metamorfosis sin fin, es su pintura, donde la calurosa argamasa que contiene a los elementos de nuestras costas, parece ceder envuelta en el corrosivo salitre de las olas, una y otra vez.