La primera etapa de Julio Suárez, entre mediados de los años setenta y noventa, se caracterizó por una abstracción de corte lírico – expresionista basada fundamentalmente en la gestualidad vigorosa de la pincelada, las texturas y el contraste cromático. Era una pintura, en fin, que buscaba provocar al espectador, sacudirlo, conmoverlo a pesa de, y sobre todo por, su cualidad no figurativa.
Posteriormente Suárez cambia de registro e intensidad, optando por modulaciones más sobrias, mucho menos estridentes. Es esta una obra que clasificamos con premura, y no sin razones históricas, como abstracto-geométrica, pero que goza de una particular calidez y libertad compositiva que la aleja de la frialdad calculada, matemática y serial de muchas de las obras que caracterizan el género.
Actualmente, la depuración expresiva de la pintura de Suárez ha llegado al grado máximo de sencillez compositiva, lo cual no significa ausencia de complejidad en términos visuales e interpretativos.
En todo caso, la obra de Suárez no pretende reivindicar la pureza ideal, platónica de las formas geométricas y el color, ya que su estética no persigue reminiscencia alguna. Sus obras, como muchas veces ha declarado el artista, tampoco reclaman interpretaciones simbólicas, sino que remiten directa y literalmente a lo que vemos. Son una palestra pictórica donde se juegan equilibrios y tensiones delicadas, sutiles, pero no por eso menos dramáticos.
Las obras actuales de Suárez niegan el concepto de ventana que invocábamos antes porque no hay nada que ver a través de ellas, pero no niegan la idea del cuadro como lugar donde se erige la arquitectura de la mirada. Mientras que el principio renacentista era abrir espacios en las paredes vacías, el de Suárez es delimitar espacios, crear el lugar específico de la mirada… uno que solo existe y puede existir, indescifrable, entre la pared y los ojos del espectador.
Juan Carlos López Quintero
Curador, MAPR








